Decía Miguel Ángel: «¿cómo puedo hacer una escultura?, pues simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario».
Esta idea ya viene de antiguo y se aprovecha de la cualidad que tiene el cerebro de dar sentido al mundo. El ejemplo más claro es el buscar animales, objetos y otras cosas en las nubes. Uno de los lugares más antiguos y en donde está más clara esta idea son las cuevas de Altamira, en España. 
Se dice que cuando llegó la fotografía a la humanidad, el artista se vio libre de no tener que retratar a las personas y a la realidad. De esta manera llegamos a la abstracción, al Arte no concreto.
En esta dirección va Francesco Mai, italiano estudiante de biología, donde sus obras, si bien pueden parecer o asemejarse a entes o personas, nunca terminan de definirse.
Sus obras nos recuerdan a H.R. Giger, el creador de toda la imaginería de la película «Alien, el octavo pasajero», donde fue quizás todo esta nueva forma de recrear una realidad paralela, la que dio más verisimilitud y fama a esta icónica película de los 80.
En esa dirección algunas de sus obras tienen un claro referente, quizás porque él pronunció ese parecido al que alguien, un crítico o un amigo, aludió.
Francesco Mai recurre en muchos casos a piezas duales, que de alguna forma nos recuerdan a las propias parejas humanas, donde las poses y la suavidad o forzar ángulos nos dan sensación de paz o de algo agresivo, en espera de una lucha.
¡Ah!, ¿no lo he dicho?, todas sus obras no existen en realidad, sino que son virtuales. Creadas en el ordenador con programas como Zbrush y 3D Coats. Hemos dado un breve recorrido de la mente del artista. Desde las cuevas, pasando por Miguel Ángel, y finalizando en el nuevo Arte digital. Tres lenguajes, tres medios, un mismo tipo de cerebro: el del artista, el del hombre.